Publicamos una hermosa reflexión que hiciera el entonces novicio Bernardo Ibarra, al terminar sus Ejercicios Espirituales durante un mes.     «Con mis hermanos siempre fuimos muy duchos en arreglar y decorar las habitaciones. Raramente transcurría un mes sin que la habitación no cambiase su orden: una cama aquí, la otra allá; este cuadro acá no va más, mejor que esté en esta otra pared; clavos por aquí, clavo por allá. Todo se movía, todo cambiaba de posición o lugar. Luego de dos o tres días de pleno movimiento la habitación quedaba lista. Únicamente restaba el asentimiento de papá. Subía las escaleras y entre todos le mostrábamos la “nueva” habitación, dándole los serios motivos que nos llevaron a realizar “tan elevado progreso”. Papá se contentaba con escuchar y asentir todo, y luego daba su veredicto. Nunca fue muy drástico, sólo se le escapaba una leve queja al ver la cantidad de nuevos agujeros en todas las paredes. Ahora sí la habitación estaba lista para que en un mes más nos cansásemos de estas nuevas posiciones y comenzase la nueva “reforma”. Se podrán imaginar que muchos fueron estos movimientos durante nuestra infancia y adolescencia. Cada mes los muebles parecían temblar y sobrecogerse y la pared no quería ver más al taladro, pero el cambio igualmente se daba. De entre todos los muebles y demás decorativos de la habitación sólo uno nunca se movió. Era una pequeña cruz que colgaba sobre la ventana. Una cruz bien sencilla, sin Cristo; simplemente una cruz de madera color barniz, pero tenía algo de especial: una inscripción con letras doradas, que claramente vislumbraban la caligrafía de mamá. Esta inscripción rezaba: TENGO SED. Todavía tengo en mi memoria esa cruz. Con el paso de los años se me había hecho tan familiar que si no hubiese estado allí, sobre la ventana, no dudaría un segundo en que algo faltaba, pero tardaría unos minutos en descifrar qué podría ser, hasta que hubiese exclamado: Ah!… Ya sé, falta la cruz de mamá, esa que está sobre la ventana, la que dice Tengo sed… sí, la cruz que dice Tengo Sed. Recuerdo también ver a mamá pintar esas letras y las conjeturas que se realizaron en mi cabecita en intentos fallidos de descifrar tal elocuente frase: Tengo Sed. Sin dudar un minuto le pregunté: -qué significa “tengo sed”?, acaso la cruz quiere agua?- No -contestó mamá esbozando una sonrisa- es que Jesús tiene sed de almas! “Es que Jesús tiene sed de almas”. Palabras muy profundas para que en aquellos años pueriles se pudiesen comprender. Ya han pasado varios años y, aunque ya no vivo en esa casa; y aunque, según creo, esa cruz se ha perdido, reconozco que no he podido llegar a comprender totalmente esa cruz. No he podido entender el misterio que encierran esas dos palabras: Tengo Sed. Me preguntaba qué hacía falta para comprenderlas cabalmente, sin encontrar por mucho tiempo una respuesta. Hoy he revelado el misterio, y me he dado cuenta que sólo hacía falta “treinta días”; sí, simplemente treinta días, pero vividos de un modo peculiar; vividos en una cueva, en una única cueva: en la cueva de Manresa, cerca del Cardoner. Para entender qué significa tener sed de almas es necesario tener primero sed de Dios, es necesario primero vivir en la cueva. En esta cueva vivió sus “treinta días” un buen vasco, Iñigo de Loyola. Hombre fuerte, cabal, noble y muy santo. Vivió pobre y penitente, como los monjes del desierto; pero vivió feliz. Sus treinta días se pasaron entre rezos y profundas meditaciones, y entre celestiales pláticas con Dios, con su Hijo y con la Madre. En esta cueva ellos le enseñaron el abismal misterio de estas palabras, le descifraron el inabarcable significado de esa cruz. El secreto duró treinta días y para conseguirlo hizo falta que él, Iñigo, pasase largas horas en ejercicios espirituales; contemplándose a sí mismo y contemplando a Dios hecho Hombre. Este profundo secreto hoy en día perdura en esa cueva, sigue latente, sigue presente. Sólo hace falta ir a la cueva y reproducir en uno mismo esos largos ejercicios, y entonces se podrá entender la tan vehemente frase: Tengo Sed. Este secreto tiene un principio y un fundamento, una noción del fin y de los medios, una definición de uno mismo y una decisión total de entregarse al único que vale: Cristo Rey. Son treintas días de secreto, treinta días de vivir sediento. Sí, para hacer estos ejercicios es necesario tener sed y mucha sed. Pero ¿cuál es el misterio, cuál es significado de la cruz que dice Tengo Sed? Aunque mucho se diga sólo lo entenderán quienes hayan vivido en esa cueva, quienes hayan vivido sus treintas días de pura sed; porque para entender esas palabras es necesario que uno las diga de modo verdadero, de modo real; ¡que le broten del corazón, que le broten de la misma sed! El misterio comienza en una noche de luna llena entre las frondas de olivos plateados. Un Dios hecho Hombre sufría la más cruel de las agonías. La transparencia de su sudor se volvió roja y la pureza de su espíritu se transformó en el mismo pecado. Sus discípulos dormidos, su alma en pleno combate y su corazón clamaba: Abbá!, Padre. Pero aquella luna de Pascua vio sólo el comienzo. La agonía fue larga; duró toda esa noche y hasta la hora nona del otro día. Dolores intensísimos ofuscaban el alma, dolores tan fuertes que eran capaces de matar a cualquiera. Y no hubo palabras más exactas para expresarlo que estas: Tengo Sed; pues el dolor era una sed abrazadora. Y no hubo actitud más perfecta para demostrarlo que morir con los brazos abiertos y el corazón traspasado suplicando amor. “Sed de almas, sed del amor de las almas”. Y hasta incluso podríamos decir que murió de sed, ya que murió de amor. Mas ¿por qué tanto dolor, por qué una sed tan intensa si sólo murió de amor? ¿Acaso el amor no es algo suave y dulce? ¿Por qué entonces tanto dolor? “El dolor es la medida del amor, y el amor es la medida del dolor”. El amor fue tan fuerte que se volvió dolor y la sed tan vehemente que se hizo amor. Es por eso que Él sufría el amor… el amor es dolor y el dolor es amor. “Tengo sed”, y la tendrá hasta el fin de lo tiempos, porque el amor no morirá jamás. Y es una sed de dolor; porque como ya se dijo el amor es dolor. Por eso aquella dorada frase con la caligrafía de mamá estaba inscrita en una cruz y no en algún lindo cuadrito. La sed es cruz, es dolor, es amor. Pero, ¿acaso quiso más dolor del que sufría? No podía, pero su amor sí lo quería, sí lo podría. Su sed era abrazadora… Pero lo que Él más deseaba, de lo cual estaba más sediento era de nuestro sufrimiento, tenía sed de nuestro dolor. Sí, estuvo sediento de nuestro sufrimiento. Nuestro dolor era lo único que apagaría su sed. “Es que Jesús tiene sed de almas” fue la respuesta de mamá. Jesús tuvo, tiene y tendrá sed de nuestras almas, sed de verlas crucificadas por amor. Sed de que nos unamos a Él en la cruz, de que tengamos también sed como Él; sed de dolor, de sufrir y padecer por Él; ¡de que lleguemos a tener sed de sed! Esta es la razón por al cual la cruz de mi habitación no tenía crucificado: era una cruz que pedía a gritos una víctima, algún alma enamorada, algún alma capaz de decir: Tengo sed. Pero, quien es capaz de estar sediento de dolor? Sólo los enamorados, sólo los crucificados que entienden que:

“El que no sabe morir mientras vive es vano, loco: morir cada hora un poco Es el modo de vivir… …de la muerte recibo nueva vida, y que si vivo vivo de tanto morir”

Pero aquella luna del Getsemaní y aquel sol del Calvario fueron testigos, no sólo de ver a un Dios sufriendo sed de dolor, sino de ver a un Dios sufriendo sed POR amor. Jesucristo sufría al vernos sufrir a nosotros. Y la paradoja está que nosotros sufrimos al verlo sufrir a Él. Es que el amor es un ir y venir, un ida y vuelta; sino no hay verdadero amor, no hay verdadero dolor. Jesucristo me vio sufrir por Él y no pudo más que sufrir por mí. Todos mis dolores fueron suyos, a pesar que estos fueron por Él y para Él. Ciertamente Jesús sufrió por el amor que me tenía y por el dolor que yo padecía. He aquí unas aguadas pinceladas del secreto de la cueva de Manresa, que bien lo podemos llamar el secreto del dolor, el misterio de esa cruz de mi habitación; sí el misterio de la cruz! Pocos ha habido que hayan vivido esto, que hayan vivido sedientos de dolor por amor, sedientos de amor por dolor; “pocos son los amigos de la cruz del Señor” Hubo una que no fue ni podrá ser superada en este misterio. Ha penetrado en él hasta rasgar el propio corazón. Se ha sumergido, ha hondado y hasta incluso lo ha abarcado totalmente, aunque era una criatura; y fue así porque lo ha vivido, porque su vida fue todo una sed, todo fue amor, todo fue cruz… en Belén la alegría de la cruz, en le templo la gloria de la cruz, en Egipto la sabiduría de la cruz y por último en el Calvario de pie al pie de la cruz; la locura de la cruz. Ella fue la única que pudo decir con toda verdad: Tengo sed. Ella fue la que dio a luz, con fuertes dolores de parto, a todos nosotros; y nos dio a luz para que tengamos sed. Ya terminaron mis treinta días y poco y nada puedo decir sobre el significado de esas palabras: Tengo Sed; sí, poco y nada he comprendido el misterio de Manresa; pero sí puedo decir que he comenzado, aunque bien poco, a saciar mi sed porque ¡he bebido de la sangre del Cordero, de la savia de la cruz!»

Bernardo Ibarra- 31/1/12

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