No sólo los apóstoles sino la Iglesia entera, en todo tiempo y lugar, vuelve una y otra vez la mirada al Señor Jesús y le reitera la pregunta: «Maestro enséñanos a orar» (Lc 11,1). Y una y otra vez el Señor nos enseña con sus palabras y ejemplos, el gran arte de dirigirnos al Padre, de escuchar su voz, de adentrarnos en sus pensamientos y corazón para que, desde allí, podamos entender la realidad, nuestra realidad.

Esta preeminencia absoluta del Señor –como en todos los demás aspectos de nuestra fe– no quita en absoluto que podamos también recibir enseñanzas sobre la oración de otros maestros, quienes por haber recorrido ya el camino, por ser especialmente iluminados por el Espíritu Santo y muchas veces por especial designo de Dios, participan de esa sabiduría de Nuestro Señor y nos ayudan a adentrarnos y profundizar en aquello que es lo más digno de Dios: «la oración fiel»[1], según el decir San Juan Crisóstomo.

Dentro de los muchos maestros que el Señor ha suscitado a lo largo de estos veinte siglos de historia de la Iglesia, un lugar no menor ocupa San Ignacio de Loyola, principalmente por sus inmortales Ejercicios Espirituales. De hecho, todo el encomio que la Iglesia y lo santos han prodigado a los Ejercicios del gentilhombre de Loyola, no es otra cosa que una larga y generosa alabanza a su elevadísima ciencia sobre la oración y su sencillo y eficaz modo de transmitirla.

Porque si bien es cierto que la finalidad de los santos Ejercicios es ordenar la vida a Dios habiendo superado los afectos desordenados[2], no menos cierto es que la forma, la manera, el modo de llegar a ese objetivo no es otro que la oración, que el Santo engloba con el nombre de Ejercicios: «por este nombre, exercicios spirituales, se entiende todo modo de examinar la consciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras spirituales operaciones» [1][3].

Todas las demás anotaciones y adiciones que, con un celestial conocimiento de la psicología humana y de las leyes del espíritu, con precisión de cirujano y repetición de maestro, con escrupuloso respeto de la misteriosa relación de naturaleza y gracia y con la sabiduría propia de la experiencia, da el Santo en los Ejercicios, no tienen otro fin que ayudar, ¡y cuánto lo hacen!, a «hacer bien la oración» o, mejor dicho, a transformarnos en hombres de oración. Es particularmente santificador y del todo fuerte la experiencia –sobre todo en Ejercicios típicos, de 30 días en retiro, pero no solo en ellos– de vivir todo el día en un clima de oración. Con toda su autoridad en el tema, taxativamente dirá el P. Casanovas: «Hacer los ejercicios, es primaria y principalmente experimentar en sí propio la fuerza de la oración»[4].

Por supuesto así también la Iglesia lo ha dejado sentado muy claramente, no solo alabando los exquisitos frutos que producen los Ejercicios en las almas, sino también el medio por el que lo realizan: la oración. Pío XI, hablando del «admirable libro de los Ejercicios»[5] afirma que «sobresalió y resplandeció (…) como fuente inexhausta de piedad muy eximia a la vez que muy sólida»[6]. Juan Pablo II, por su parte, afirmaba que «el cristiano con el fuerte dinamismo de los ejercicios es ayudado a entrar en el ámbito de los pensamientos de Dios, de sus designios para confiarse a Él, Verdad y Amor»[7]; «entrar en los pensamientos de Dios», no podría definirse mejor lo que es la oración.

Citar textos del Magisterio sobre los Ejercicios es una obra de nunca acabar, recordemos que hasta los comienzos del pontificado de Pío XII, en 1941, eran más de 600 las aprobaciones y recomendaciones hechas a los Ejercicios de parte de 32 pontífices; existe un gran volumen de unas 800 páginas que recoge todos los textos pontificios hasta esa fecha[8]. Solo querría agregar al respecto dos referencias que tienen cierta peculiaridad.

Por un lado, el hecho de que en el documento en que la «Congregación para la doctrina de la fe» sale al cruce a todos los errores modernos sobre la meditación, especialmente el sincretismo proveniente de la New Age, el Santo más citado sea Ignacio de Loyola y sus Ejercicios. Me refiero a la «Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana» de 1989. Allí se lo cita al Santo desde lo referente a las posturas corpóreas para la oración[9], hasta afirmar «como dice San Ignacio en los Ejercicios Espirituales, deberíamos intentar captar “la infinita suavidad y dulzura de la divinidad”[10]. Reconociendo también el carisma especial recibido de parte del Señor, declara el documento: «Nadie que haga oración aspirará, sin una gracia especial, a una visión global de la revelación de Dios (…) como la que tuvo san Ignacio en el río Cardoner y de la cual afirma que, en el fondo, habría podido tomar para él el puesto de la Sagrada Escritura»[11].

Por otro lado, vale la pena hacer mención de la Encíclica «Mediator Dei» de Pío XII sobre todo por tratarse de un documento referido a la oración litúrgica (para algunos la Carta Magna sobre el tema). Primero, haciendo referencia a la importancia de la oración privada para la vida litúrgica y sobre todo dirigiéndose a los ministros y religiosos, afirma:

«Por graves motivos, la Iglesia prescribe a los ministros del altar y a los religiosos que, en determinados tiempos, atiendan a la devota meditación, al diligente examen y enmienda de la conciencia y a los otros ejercicios espirituales, porque especialmente están destinados a realizar las funciones litúrgicas del sacrificio y de la alabanza divina»[12].

Y ampliando la recomendación a todo el pueblo cristiano, dirá el Papa:

«Procurad de modo especial que no sólo el clero, sino el mayor número posible de seglares (…) practiquen el retiro mensual y los ejercicios espirituales en determinados días para fomentar la piedad. Como dijimos arriba, tales ejercicios espirituales son muy útiles y aun necesarios para infundir en las almas una piedad sincera, y para formarlas en tal santidad de costumbres que puedan sacar de la sagrada liturgia más eficaces y abundantes frutos»[13].

Y en el número siguiente, luego de afirmar que existen varios métodos para hacer Ejercicios, remarca:

«Sin embargo, es cosa probada que los ejercicios espirituales, que se practican según el método y la norma de San Ignacio, fueron por su admirable eficacia plenamente aprobados y vivamente recomendados por nuestros predecesores. Y también Nos, por la misma razón, los hemos aprobado y recomendado, y lo repetimos aquí de buen grado»[14].

«Padre Maestro Ignacio, enséñanos a orar»

No querría terminar esta entrada sin hacer esa petición a nuestro gran maestro de oración. Aunque sea simplemente anecdótico, por el título alcanzado en la Sorbona Ignacio era llamado «Maestro Ignacio» y sobre todo para sus primeros compañeros, los primeros jesuitas, luego de su ordenación sacerdotal y por todo su ascendente paternal: «Padre Maestro Ignacio»[15].

Recordemos en primer lugar que es un error pensar que en los Ejercicios san Ignacio nos enseña solo a hacer meditaciones y contemplaciones, lo cual, si bien para nada es poca cosa, sin embargo debemos tener en cuenta que son ocho (¡sí, ocho!) los métodos de oración enseñados por el Santo en esas breves páginas[16].

De todos modos, no quería detenerme en los Ejercicios sino en unos consejos puntuales que daba Ignacio en la vida cotidiana, que sin duda están también incluidos en los Ejercicios pero nos pueden ayudar por lo conciso y focalizado: me refiero a su intención de que la oración no se separe de la mortificación o, mejor dicho, que conduzca a ella y brote de ella.

Miremos como nos lo dice, en primer lugar, Pío XI, quien luego de hacer grandes alabanzas a los Ejercicios, termina afirmando:

«… una vez sacudido el yugo de los pecados y desterradas las enfermedades que atacan a las costumbres, llevan al hombre por las sendas seguras de la abnegación y de la extirpación de los malos hábitos, a las más elevadas cumbres de la oración y del amor divino: sin duda alguna, tales son todas estas cosas que muestran suficiente y sobradamente la naturaleza y fuerza eficaz del método ignaciano y recomiendan elocuentemente sus Ejercicios»[17].

Muy claramente lo expresa el Papa: abnegación, extirpación de los malos hábitos y de ahí a las cumbres de la oración y del amor divino.

Lo que hemos citado hasta ahora del Papa Pío XI es siempre de la Encíclica «Mens Nostra», de toda la historia quizás uno de los textos más extensamente laudatorios al método Ignaciano. En el mismo año que escribía este documento, 1929, el Papa escribía también una breve carta al Cardenal Dubois, Arzobispo de París, felicitándolo por un Congreso de Ejercicios Espirituales que se celebraría en su diócesis en Semana Santa. En ella afirma lo siguiente:

«En verdad, los Ejercicios de San Ignacio han contribuido con una eficacia del todo especial a la elevación espiritual de las almas y las ha guiado a las más altas cumbres de la oración y del amor divino por el camino seguro de la abnegación y la victoria sobre sus pasiones sin exponer a las sutiles ilusiones del orgullo»[18].

Otra vez la misma idea y con palabras semejantes: abnegación y altas cumbres de la oración y del amor divino.

Yendo directamente a San Ignacio, cito in extenso un texto del P. Benigno Hernández Montes, en la presentación que hace del Memorial del P. Luís Gonçalves de Câmara, quien, viviendo con San Ignacio, iba anotando cosas relevantes de su personalidad para mayor provecho y devoción de sus futuros hijos; es a él mismo también a quien el Santo le dictara lo que se conoce como su «Autobiografía». Refiere el P. Benigno, entonces:

«La oración ignaciana, tal como aparece en el Memorial, es una oración ligada a la transformación interior de la persona: al dominio de las pasiones, a la purificación de las afecciones desordenadas o falta de indiferencia, a la fortificación de la voluntad para llevar con constancia a la práctica una decisión tomada bajo la luz del Espíritu, etc.

Sin la mortificación y abnegación, la oración lleva al noventa por ciento de las personas a caer en la ilusión, sobre todo por causa de la propia estima y dureza de juicio. Cuando le encomiaban a uno por ser hombre de mucha oración, corregía: “Es hombre de mucha mortificación”. Y cuando Nadal intentaba persuadirlo para imponer más tiempo de oración a los de la Compañía, respondió: “[A] un verdaderamente mortificado bástale un cuarto de hora para se unir con Dios en oración”. Por eso, “cuando el Padre habla de la oración, parece que siempre presupone que las pasiones están muy dominadas y mortificadas, y es esto lo que él más estima” (Nums 195-196, 256). Y eso es lo que se veía en él: “Una de las cosas que más resplandecía en Nuestro Padre era este dominio delas pasiones interiores y movimientos exteriores” (Num 23; cf. 26)»[19].

No es otra cosa la que afirma el P. Casanovas como fórmula donde pueden condensarse el objetivo de los Ejercicios: «continua mortificación para llegar a la continua unión con la voluntad de Dios»[20]. Sin duda que siempre lo más importante será la unión con la voluntad divina, pero no podremos llegar a eso, ni aspirar ni siquiera, sino estamos dispuestos a una lucha contante contra nuestras malas inclinaciones y nuestros afectos desordenados, para eso necesitamos de la oración, necesitamos aprender a orar como nos enseña San Ignacio.

Hablamos de la oración como medio pero sin duda que también ella es un fin en sí misma porque nos une directamente con Dios. En la carta que citábamos de Pío XI al Cardenal de París, termina pidiendo «la ayuda de todos los santos y beatos que han pedido y obtenido por la práctica de los Ejercicios Espirituales el conocimiento más íntimo de nuestro Salvador, un amor muy ardiente por Él, y una asiduidad perfectísima en su seguimiento», el conocimiento más íntimo y el amor más ardiente se realizan en la oración misma y permanecen como fruto para que en todo tengamos una asiduidad perfectísima en el Seguimiento del Señor que nos dijo: «Si alguno quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su Cruz y venga en pos de mi» (Lc 9,23).

En nada quitemos tiempo a la oración y en cuanto podamos seamos generosos en aumentarla –lo más común es que dediquemos menos tiempo de lo debido, no más–, pero tengamos cuidado de no caer en ilusiones y busquemos que nuestra oración nos lleve a mortificarnos, a ser abnegados, a morir cada día un poco más a nosotros mismos (a eso mismo nos lleva el propósito particular ignaciano con su examen)[21].

Pidámosle esa gracia a San Ignacio este 31 de julio, día tan especial en que el Señor quiso llevarlo a la gloria, y providencialmente día en que años antes el Papa Paulo III aprobara los santos Ejercicios. Y siendo el jubileo de los 500 años de que comenzar a experimentar y a enseñar sobre la oración, con cuánta mayor razón estará él atento a nuestros ruegos.

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No hay un San Ignacio sin «Nuestra Señora»… no solo porque no hay Jesús sin María y no solo porque le asistió Ella de manera especialísima al hacer y escribir los santos Ejercicios, sino porque no hubo paso importante que diera nuestro Santo en su camino de oración y santidad, que no la tuviera a Ella como especial protectora, inspiradora, auxiliadora y mediadora.

 

P Gustavo Lombardo, IVE


[1] «Nada es más digno de ser ofrecido a Dios que una oración fiel» («Nihil enim dignius offerimus Deo quam orationem fidelem»). San Juan Crisóstomo, Comentario al Evangelio de san Mateo; en Santo Tomás, comentario a San Matero, cap 8, 1

[2] Cf. Ejercicios Espirituales, 1 y 21.

[3] Esta y las demás citas entre corchetes son siempre del libro de los Ejercicios Espirituales, según la tradicional numeración de párrafos.

[4] I. Casanovas, Comentario y explanación de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, VIII y IX, Balmes, Barcelona 1954, 151.

[5] Pío XI, Carta Encíclica «Mens Nostra» Sobre los Ejercicios Espirituales, 1929, 22.

[6] Ibid.

[7] Juan Pablo II, Ángelus del 16/12/1979, con ocasión del 50 aniversario de la Encíclica Mens Nostra de Pio XI.

[8] Cf. C. H. Marin S.I., Spiritualia Exercitia secundum Romanorum Pontificum documenta, Barcelona 194.1

[9] «En la oración, el hombre entero debe entrar en relación con Dios y, por consiguiente, también su cuerpo debe adoptar la postura más propicia al recogimiento», y en nota al pie: Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 76. Congregación para la doctrina de la fe, Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 1989, 31.

[10] Op. cit., 20.

[11] Op. cit., 24, en nota al pié.

[12] Pío XII, Carta Encíclica «Mediator Dei». Sobre la Sagrada Liturgia, 1947, 51. Las cursivas son nuestras.

[13] Op. cit., 222. Las cursivas también son nuestras.

[14] Op. cit., 223. Cursivas nuestras de nuevo.

[15] Es también el título de una excelente biografía del Santo. C. D. Dalmases, El Padre maestro Ignacio, BAC Popular, Madrid 1982.

[16] Una explicación al respecto: https://ejerciciosive.org/lessons/platica-modos-de-orar/

[17] Pío XI, Carta Encíclica «Mens Nostra» Sobre los Ejercicios Espirituales, 22. Cursivas nuestras.

[18] Ep. ap. Pío XI, Nous avons appris (28 marzo 1929) ad Card. Dubois.

[19] Luis Gonçalves da Câmara (S.I.) – B. H. Hernández Montes (S.I.), Recuerdos ignacianos: memorial de Luis Gonçalves da Câmara, Editorial SAL TERRAE 1992, 31-32.

[20] Op. cit., 618.

[21] Sobre el propósito y examen particular, puede verse: https://ejerciciosive.org/lessons/platica-examen-general-y-particular/

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